El apego ha sido una temática que a lo largo del tiempo ha suscitado mucho interés, sobre todo por parte de los profesionales ligados al área de la salud, llegando a constituirse durante los últimos años como una teoría central del desarrollo infantil.


John Bowlby (1969), principal exponente de la teoría del apego, lo define como el vínculo emocional que desarrolla el niño/a con sus padres (o cuidadores), estableciendo que existe una motivación intrínseca en los seres humanos por generar lazos emocionales estrechos que les permitan obtener cuidado, protección y estimulación por parte de una persona con más sabiduría o posibilidades de sobrevivencia. En este sentido, asigna una gran importancia a los vínculos afectivos tempranos que se generan entre el bebé y sus cuidadores primarios, los cuales no responden a una pauta fija de comportamiento, si no que se adaptan y modifican en función de la retroalimentación y condiciones ambientales. Es así, como el estado de seguridad, ansiedad o temor de un niño/a es determinado en gran medida por la accesibilidad y capacidad de respuesta de sus principales figura de afecto.

Continuando en esta línea, el bebe nace con un repertorio de conductas (succión, balbuceo, necesidad de ser acunado, sonrisas reflejas, entre otros) que tienen como finalidad producir respuestas en sus cuidadores y mantener la proximidad con ellos (resistencia a la separación), lo cual se puede traducir como intentos de vinculación. En la medida en que los cuidadores vayan respondiendo a esas demandas (tocando, sosteniendo, calmando, conteniendo, etc.) reforzarán las conductas de apego del niño/a y le otorgarán una base segura a partir de la cual podrá explorar el mundo, además de sentirse aceptado y protegido. Cabe destacar que la experiencia subjetiva de seguridad experimentada por el niño/a es el principal objetivo del sistema de apego y el más importante regulador emocional (Fonagy, 1999).

Por otra parte, resulta relevante exponer de manera breve los tres patrones de apego descritos por Ainsworth y Bell (1970) luego de sus observaciones en una situación experimental, los cuales dan cuenta de las diferencias en la calidad de la relación entre padres e hijos y su influencia en la reacción emocional de estos últimos. El primero es el apego seguro, el cual se caracteriza por la confianza que tiene el niño/a en su cuidador y por usarlo como una base segura cuando está angustiado, pues aparece ansiedad de separación y reaseguramiento al volver a reunirse con el cuidador. Este patrón óptimo de apego se debe principalmente a la sensibilidad, disponibilidad, calidez y receptividad por parte del cuidador, siendo capaz de interpretar y luego responder adecuadamente a las necesidades del niño/a, fortaleciéndose así una conexión sincrónica. Por otra parte, en el apego inseguro-evitativo el niño no tiene confianza en la disponibilidad de su cuidador, mostrando poca ansiedad al separase de él y desinterés al reencontrarse, presentado dificultades emocionales. Las características de los cuidadores en este caso son de rechazo, rigidez, hostilidad y aversión del contacto, siendo en ocasiones sobre estimulantes e intrusivos. Por último, en el tipo de apego inseguro-ambivalente el niño/a muestra una ansiedad de separación pero no se tranquiliza al reunirse con el cuidador, mostrando un continuo de irritabilidad, resistencia al acercamiento y conductas que buscan mantener el contacto. Se postula que en este tipo de apego el cuidador estaría física y emocionalmente disponible sólo en ciertas ocasiones, lo que hace al individuo más propenso a la ansiedad de separación y al temor de explorar el mundo. Además, se destaca como características principales de los cuidadores la inconsistencia e insensibilidad.

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