En Centro MIP, cuando un supervisado trae un caso a supervisión, el supervisor está permanentemente realizando un doble ajuste: por un lado, centra su atención en ayudar al supervisado a resolver la dificultad que tiene con el caso, y por otro, está atento a cualquier oportunidad que le permita contribuir al desarrollo de competencias clínicas de esa persona.

Se dice que una persona es competente cuando está calificada, capacitada y habilitada para entender y actuar de manera efectiva, lo que muestra que las conductas se hacen de manera consistente con los estándares y lineamientos de pares, valores de la profesión y principios éticos, especialmente aquellos que protegen y benefician al público (Rodolfa et al., 2005, citado en Falender & Shafranske, 2008).

A lo largo de los dos años que dura la formación como especialista en Terapia Breve, Centro MIP se focaliza en desarrollar en las personas aquellas habilidades clínicas que considera necesarias para un quehacer competente como terapeuta.

El primer grupo de habilidades se denomina HABILIDADES DIAGNÓSTICAS, las cuales se caracterizan por la capacidad del terapeuta de establecer diagnósticos descriptivos, evaluar síntomas, nivel de riesgo, contexto relacional y organizacional en el que se da el sufrimiento psicológico. Además esta categoría alude a la capacidad del terapeuta para identificar y utilizar activamente los recursos del consultante y su entorno de tal manera que estén disponibles para su ayuda.

Junto con lo anterior, las HABILIDADES DE DIRECCIÓN Y MANTENCIÓN DE PROCESO son fundamentales para construir objetivos que sean estratégicos, trabajables y operacionalizados con el consultante. Implica tener la capacidad para planificar el tratamiento y decidir las intervenciones propicias en cuanto a tiempo y forma para ese caso en particular.

Además, tener la capacidad de FUNDAR TEÓRICAMENTE el por qué y para qué de las intervenciones o procedimientos clínicos realizados es base fundamental para las habilidades anteriormente señaladas.

Luego están las habilidades que construyen una COMUNICACIÓN EFECTIVA entre terapeuta y consultante, donde es necesario que el profesional tenga apertura para escuchar al otro, capacidad de validar diversas posturas y posibilidad de adaptar el propio lenguaje al estilo del otro en pos de estimular la colaboración en la comunicación. En este sentido, la CAPACIDAD PARA VINCULARSE Y CONTENER A OTRO es central para relacionarse en un clima afectivo tal que estimule la confianza en la relación de ayuda.

Por otro lado, se destaca la FLEXIBILIDAD TERAPÉUTICA, definida como la capacidad de adaptarse al consultante cambiando de acuerdo a los requerimientos de éste. Lo anterior implica adaptarse a su lenguaje, mirada del problema y de la vida, recibir e incorporar feedback del consultante o del supervisor, modificar la planificación de una sesión en particular o cambiar la dirección del tratamiento en pos del avance terapéutico.

También LA AUTOCONCIENCIA es muy importante, siendo aquella habilidad necesaria que le permite al terapeuta estar consciente de la influencia de sus estados internos y cómo esto influye en la disponibilidad para cumplir con las responsabilidades del rol de ayuda y servicio.

Sumado a lo anterior está la TOLERANCIA Y VALORACIÓN DE LA DIVERSIDAD, definida como la capacidad de identificar, respetar y valorar las diferencias socioculturales, religiosas o valóricas dentro del setting clínico, considerándolas como parte importante del respeto a la postura del paciente y del terapeuta.

Finalmente, la habilidad del terapeuta para EVALUAR CONSTANTEMENTE su práctica clínica, que es la capacidad de monitorear en todo momento los procesos terapéuticos y sostener una cultura del feedback con fundamentos adecuados (pedir, entregar, aceptar feedback), es central para una práctica clínica responsable y eficaz.

Como el contexto de la supervisión MIP es de formación, el supervisor siempre estará atento a dar retroalimentación formativa para promover crecimiento y auto evaluación en el supervisado. El supervisor asume como parte de su compromiso la formación constante del terapeuta a través de desarrollar sus competencias clínicas. Así, todas las acciones que lleva a cabo el supervisor en un encuentro de supervisión tienen como objetivo aumentar el conocimiento en el supervisado y mejorar su práctica clínica.

Falander, C. & Shafranske, E. (2008). Clinical Supervision: A Competency-based approach. Washington, DC: American Psychological Association.

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Paola Ceruti

Docente Especialista Centro MIP.